Es más fácil pedir perdón que pedir permiso
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—Samuel Amaya
Querido amigo, he observado en nuestro entorno una tendencia que influye en nuestra relación con Dios y, en lugar de acercarnos a él, cada día nos aleja de su presencia y nos deja en un vacío insatisfecho. Cada vez más preferimos nuestros placeres a la perfecta voluntad de Dios. Veamos a Daniel en Babilonia para entender esta tendencia.
Daniel se enfrentaba a muchas decisiones cada día. Vivía en un país pagano, lejos del pueblo de Dios, de sus padres y de las costumbres que Dios había establecido. En aquel lugar, Daniel tenía toda la libertad para hacer los placeres que quisiera y satisfacer sus propias concupiscencias, pero ¿qué hizo Daniel con esta libertad? “Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía” (Daniel 1:8).
Daniel no pecaba primero para luego pedir perdón. ¿Por qué no? Porque él tomó la decisión firme y leal de no contaminarse con lo que lo rodeaba. Es decir, no hizo primero lo fácil, sino que esa decisión lo llevó a establecer una disciplina diaria, cumpliendo cada día su compromiso y lealtad con Dios que se había propuesto.
Daniel estableció horarios específicos cada día para acercarse a Dios. Él entendía que de Dios provenían las fuerzas para hacer su voluntad y aprovechaba ese tiempo para darle gracias por ser ese Dios todopoderoso.
Es cierto que a Daniel lo echaron al foso de los leones y que atravesó muchas otras circunstancias difíciles, por lo que podríamos hacernos la pregunta: “¿Qué valor tuvo su esfuerzo si de todos modos atravesaba situaciones difíciles?” ¿Es correcto ese pensamiento? Lo importante aquí no es solo vivir bien sin problemas, sino ser fiel a Dios en medio de esas dificultades. Esta fidelidad la lograremos si seguimos el ejemplo de Daniel al establecer una disciplina rutinaria que nos acerca a Dios.
Amigo joven, no te enfoques en las circunstancias difíciles, sino en los resultados que tendrás al igual que Daniel a causa de esa relación diaria con Dios. No sigas con este juego. Toma una sola decisión: entregarte completamente a Dios. Establece una disciplina diaria que te dé dirección para acercarte a Dios y alejarte de lo fácil que resulta pedir perdón después de pecar. Pon toda tu mente, todas tus fuerzas y todo tu corazón en amar a nuestro gran Dios.
Amigo joven, te pregunto: ¿Tienes una disciplina diaria que te acerca a Dios, o tienes malos hábitos que te alejan de él? ¿Practicas esta costumbre de decir: “Perdón porque fallé” —ya ni decimos “pequé”—? Lo que esto hace es apagar el peso de la conciencia para volver a caer en el mismo pecado unos días después.
Joven, recuerda que nadie será perfecto, pero sí debemos buscar la perfección y la santidad para con Dios. Tenemos que demostrarlo aquí en nuestro entorno, con nuestra familia, en nuestra comunidad, en nuestra iglesia, en nuestro trabajo, en nuestros negocios, etcétera. Y esto lo lograremos al establecer ese tiempo diario para estar con Dios.
Dios será exaltado y glorificado si ponemos todo nuestro esfuerzo en mantener una relación diaria con él. Nos sorprenderemos de lo que Dios puede hacer en nuestro entorno.
Busca ayuda en la congregación para establecer una disciplina diaria que te ayude a acercarte a Dios. Aléjate de esas malas prácticas, porque Dios espera que estés dispuesto a llevar su vituperio al extender su evangelio por todo el mundo. No olvidemos este compromiso; más bien, seamos edificadores de su iglesia para que toda la honra y la gloria sean para Dios, viviendo vidas que demuestren su carácter.
Te invito a leer el libro de Daniel y también Juan 15:1-17. Allí encontrarás ánimo para comenzar hoy una disciplina diaria para permanecer en Dios. Que la gracia de Dios esté contigo y te inspire a establecer esta disciplina.