Charlie Kirk

—Lorenzo Ebersole

Hace unos meses, la muerte de Charlie Kirk, un activista estadounidense famoso, despertó a mucha gente y propició diálogos importantes. Por lo tanto, en respuesta a algunas declaraciones que he escuchado, escribo lo siguiente…

  1. Debemos ser más activos al compartir la verdad con el mundo.

 Charlie Kirk fue un activista (al parecer, incansable) que representaba a su organización, “The Turning Point”, en muchas universidades de todo Estados Unidos. Aun más que representar a su organización, parece que su deseo fue predicar sobre Cristo y compartir la verdad sobre temas muy polémicos, como la ideología de género, la familia y el aborto, entre otros. Fue un hombre (muy joven, por cierto) que buscó entablar diálogo con todos para difundir la verdad y evitar la polarización de la sociedad. 

Ahora, ¿cómo no podemos nosotros apreciar esta valentía? ¡Abajo con la cobardía! Dios nos ha llamado a los hombres a ser valientes ante la oposición del enemigo y enfrentarlo con la verdad. Lo cierto es que Cristo nos ha llamado a nosotros, sus discípulos, a ir por todo el mundo y predicar el evangelio. No podemos quedarnos en una esquina oculta por amor a la comodidad o por el deseo de la aprobación del mundo. Al contrario, ¡somos llamados a reflejar la luz al mundo! ¡Hay que salir a la guerra! Y al salir, estamos conscientes de que nos convertimos en blanco del enemigo.

  1. No todo siervo de Cristo va a ser un “Charlie Kirk”. 

Cristo construye su iglesia y en ella usa piedras —muchas piedras— piedras vivas, y aunque son piedras imperfectas, son piedras bonitas de diferentes tamaños, colores y formas, y Cristo coloca a cada persona en su debido lugar en esta construcción hermosa.

No existen dos personas iguales en sus talentos y oportunidades. A lo largo de los siglos, la mayoría de los discípulos de Cristo no han sido grandes personajes como el apóstol Pablo, y no debemos intentar representar sus personalidades o dones. Dios ocupa a muchas personas muy normales —gente común y corriente— en su servicio. Niños bien portados, padres pacientes, familias enteras que asisten al culto los domingos, jóvenes que viven en pureza, esto y mucho más hablan al mundo de Cristo. 

Con todo esto, no desperdiciemos las oportunidades que Dios nos ha dado para compartir la verdad. Recuerda: Dios nos pedirá cuentas de los talentos que nos ha encomendado.

  1. No somos llamados a implicarnos en la política para cambiar el mundo.  

Creo que en esto tomamos un camino contrario al que eligió Charlie Kirk. Y aunque no es mi tarea juzgarlo, sí deseo señalar las razones por las que su posición fue errónea. No lo culpo por adoptar esta ideología, porque esta forma de pensar “lógica” ha permeado el mundo evangélico y, al parecer, amenaza al anabaptismo. 

Primero, quisiera establecer varios principios que encontramos en la Biblia y que nos ayudan a entender este asunto.

  • En la antigüedad, Dios estableció un pacto con un pueblo geopolítico: Israel. Jehová les dio la tierra de Canaán —un territorio específico— y les prometió que, si le obedecían, la poseerían para siempre. Autorizó el derramamiento de sangre al conquistar esta tierra. Estableció un sistema de gobierno justo en el que se le autorizó el uso de la fuerza. De esa manera, hombres de Dios, como David y Ezequías, servían a Dios en su calidad de reyes del pueblo de Dios. Estos hombres derramaron sangre humana bajo la aprobación de la perfecta voluntad de Dios.
  • Bajo el nuevo pacto, instituido por la sangre de Jesús, Dios sacó a la luz el plan de su iglesia, un pueblo no vinculado a una determinada geografía. En la iglesia se recibe a personas de cualquier grupo étnico del mundo. Ya no tenemos que hacernos israelitas ni nos adjudicamos un territorio geográfico determinado. Jesús, ante Pilato, dijo claramente que su reino “no es de este mundo” y nos mostró, con su ejemplo, cómo debemos interactuar con las autoridades civiles. En repetidas ocasiones, Jesús rechazó ser el rey terrenal de Israel, aunque claramente es Rey de reyes y Señor de señores. 

    En esta etapa de la historia, el pueblo de Dios es llamado a un reino que trasciende el espacio geográfico que llamamos Tierra. Somos extranjeros y peregrinos en la tierra, y nuestra misión es proclamar el amor y la misericordia de Dios y demostrarlos con nuestra vida, mientras se cumpla el reino de Dios en “la tierra nueva y los cielos nuevos, en los cuales mora la justicia”. 

  • Los gobiernos del mundo han sido establecidos por Dios. Aunque el enfoque de la obra de Dios se centra en la iglesia y en el mensaje de perdón que ella proclama, Dios interviene en los gobiernos del mundo. Él pone y quita reyes. Usa estos gobiernos para frenar la maldad y mantener cierto nivel de orden. Sin embargo, no nos llama a formar parte de ellos. Ellos son siervos; nosotros, hijos. Ellos podrán seguir los principios de justicia que Dios ha establecido y encontrarán cierto nivel de bendición, pero solo hallarán el perdón de sus pecados y la entrada al reino de Dios si se convierten en hijos por medio de la fe en Cristo. 

No nos involucremos en asuntos políticos que requieran el uso de la fuerza por nuestra parte. Implicarse en la política ha sido un tropiezo para algunos hombres de Dios a lo largo de la historia. Pienso en Dietrich Bonhoeffer, el pastor de una iglesia cristiana en Berlín, Alemania, durante la época en que Hitler gobernó. Bonhoeffer no entendía el rol apolítico que desempeña la iglesia en este mundo. Por esta razón, al fin se vio involucrado en un complot para asesinar a Hitler (lo cual no resultó). 

Sin embargo, lo que me causa más tristeza son las voces de hombres que han sido instruidos “más perfectamente” en el camino de Dios. El papel de la iglesia no es compatible con el del estado. No es que la iglesia milite en contra del estado; sencillamente, está fuera de su ámbito.

Como dijo Orígenes en el año 248 d.C.: 

Nuestras oraciones derrotan a los demonios que engendran la guerra. Estos demonios también incitan a los hombres a violar sus juramentos y trastornar la paz. Así que, de esta manera, nosotros somos mucho más útiles para los reyes que los propios hombres que salen al campo a pelear por ellos. Tomamos parte de nuestros deberes públicos cuando unimos prácticas autodisciplinarias a nuestras oraciones y meditaciones, que nos enseñan a aborrecer los placeres y a no ser llevados cautivos por ellos. Por tanto, nadie pelea mejor por el rey que nosotros. Sin duda, no estamos dispuestos a pelear a su mando incluso si nos lo exige. Peleamos a su favor en un ejército especial —un ejército de piedad— ofreciendo nuestras oraciones a Dios. (…) Y los cristianos ayudan a su país más que los demás. Porque entrenan a los ciudadanos a temer a un ser superior e inculcan en ellos un temor a él. También promueven una ciudad celestial las personas que en las ciudades más pequeñas han llevado vidas dignas de bien y alabanza.

Conclusión

Podemos apreciar cualquier intento de honrar a Dios y servirle con celo. Es muy poco el tiempo que nos queda en este mundo. Muy pronto ya no tendremos la oportunidad de servirle a Dios de esta forma tan única. Muy pronto, lo hecho será hecho para siempre sin poder rectificarlo ni cambiarlo ni ofrecer enmiendas por ello.

Quiero animarte especialmente a ti, hombre de Dios. Toma tu puesto en la brecha. Proclama las nuevas del evangelio al mundo con tus palabras y tus hechos, pero no te enredes en el sistema político de este mundo.