Las tarjetas del cobrador
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Había en un pueblo cierto señor que se dedicaba a la venta de artículos de uso doméstico de casa en casa. Muchas veces, sus clientes no contaban con efectivo a mano para cancelar sus compras en el momento. Entonces él llevaba unas tarjetas con el nombre del cliente, el monto que debía y la cuota que debía pagar semanal, quincenal o mensualmente, según el acuerdo.
Sin embargo, muchos clientes no pagaban sus deudas. Pasaban los meses y luego los años, y sus clientes no pagaban. Cada semana, sin faltar, el señor llevaba el bulto de tarjetas por las calles en busca de los clientes morosos. Cada semana se enojaba con los mismos clientes, aunque ya no podía encontrarlos. Algunos se habían mudado a otros lugares. Muchos se escondían cuando él venía por la calle, pues le tenían miedo. Otros hasta habían fallecido. Sin embargo, el señor nunca eliminó ni una sola tarjeta de su gran bulto. ¡Esta gente le debía y era una injusticia que no pagara! Él sentía que tenía todo el derecho de llevar las tarjetas. ¡Eran sus tarjetas!
Pasaban los años y su bulto de tarjetas crecía cada vez más. El vendedor revisaba las mismas tarjetas cada vez. Cada semana pasaba por las mismas casas. Cada vez se enojaba por las mismas deudas que no le pagaban. Cada vez se volvía un hombre más amargado. Por cierto, ya no podía recordar los artículos que había vendido, pero ¡nunca olvidaría las deudas pendientes!
A veces él se detenía para hablar con algún conocido. (Ya no tenía muchos amigos, por eso digo “conocido”). El tema de la plática siempre volvía a lo mismo: las deudas impagas. Con el tiempo, se ganó cierta fama por ser el cobrador que no olvidaba. Las famosas tarjetas llegaron a formar parte de su identidad.
Con el paso de los años, llegó el día en que, por su salud y su edad avanzada, no podía salir a trabajar como antes. Pasaba los días solo en su casa, aunque siempre lo acompañaba su gran montón de tarjetas. Él pasaba gran parte de los días revisando, una por una, las tarjetas y recordando las injusticias que representaban.
Lo interesante es que ya no esperaba recibir los pagos. Con todo, no podía olvidar las tarjetas de lo que le debían. Lamentablemente, un día el señor falleció. Murió un hombre muy amargado y con un gran montón de tarjetas en la mesita junto a su cama.
Había otro hombre que, por cierto, era hermano del primero. También se dedicaba a vender artículos de uso doméstico de casa en casa. Él también usaba el mismo sistema de tarjetas para cobrar a los clientes que le debían por sus compras. También pasaba por las casas para cobrar, pero su manera de interactuar con sus clientes era muy diferente de la de su hermano.
A veces, cuando veía la situación económica de las familias más pobres y cómo les costaba mucho pagar, él perdonaba sus deudas y eliminaba las tarjetas. A veces también perdonaba las deudas de las viudas y los ancianos. Cada vez que perdonaba una deuda, eliminaba la tarjeta correspondiente. Para él no tenía ningún sentido guardarla.
Cuando veía a los clientes que parecían tener más capacidad económica para comprar objetos de lujo y servir grandes cenas en sus cumpleaños, le resultaba más difícil pasar por alto las deudas pendientes. Sin embargo, después de mencionarlo unas veces a estos clientes, él perdonaba las deudas y eliminaba las tarjetas. Después seguía con su trabajo sin hacer un gran escándalo.
Este vendedor siempre era amable con todos. A veces la gente tenía vergüenza de hablar con él por las deudas que no pagaban, pero él seguía saludándolos como amigos, porque en realidad lo eran. Con el tiempo, ambos olvidaban la deuda pendiente. A veces, con el tiempo, las personas regresaban a pagar deudas que él ni siquiera recordaba. ¡Él ya las había perdonado y había eliminado la tarjeta!
Cada día, cuando este hombre se levantaba en la mañana, oraba con mucha sinceridad a su Padre Celestial:
Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
Venga tu reino.
Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.
Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal;
porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.