¿Casita de árbol o juego de gusano?
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—Jason Shantz
Cuando yo tenía unos trece años, mi familia vivía en una finquita rural. La casa de los vecinos más cercanos apenas se veía desde la ventana de nuestra cocina. Por dicha, estos vecinos tenían un hijo de mi edad.
Durante nuestra niñez, mi amigo Scott, mi hermano menor Jamie y yo pasábamos muchas horas jugando en el bosque cerca de nuestras casas.
Sin embargo, a los trece años, los juegos que siempre jugábamos ya no tenían la misma atracción y pronto nos aburríamos de jugar. Ya éramos hombrecitos y practicar juegos de fantasía era asunto de niños. Queríamos trabajar. Queríamos inventar cosas. Queríamos hacer algo que durara más y tuviera más valor que un simple juego de niños.
Una tarde en la casa de Scott, cuando ya no podíamos pensar en qué jugar, nos llegó a la mente una idea: “¡Hagamos una casita en un árbol!
Al principio, aquello empezó como cualquier otro juego al que antes jugábamos: con mucha imaginación y emoción. Sin embargo, en realidad esto era algo diferente. Aquel primer día buscamos unas tablas de madera cortas que le habían sobrado al papá de Scott de algún proyecto. Después buscamos el árbol indicado. Tenía que quedar cerca de las dos casas. Tenía que ser un árbol grande. Debía tener las ramas de tal modo que sostuvieran nuestra casita.
Entre nuestras casas había una fila de árboles de álamo. Estos árboles eran muy grandes y tenían ramas muy gruesas. Entonces buscamos un árbol con ramas que dejaban espacio para construir plataformas entre sí. Ese primer día construimos una pequeña plataforma en la que apenas alcanzábamos los tres. No era mucho, pero se había encendido la llama de nuestra imaginación y el fervor por construir era muy intenso.
En los siguientes meses, pasamos mucho tiempo libre en la construcción de nuestra casita en el árbol. A veces trabajábamos de madrugada, antes de ir a clases, y luego en la tarde, después de salir de la escuela. Al fin, logramos nuestra casita en el árbol, con varias plataformas de distintos niveles. Había escalones para subir de un nivel a otro. Una parte la encerramos y le pusimos dos ventanas y una puerta. En otra parte, la plataforma rodeaba el tronco. Por nombre le pusimos “El paraíso del álamo”.
En esa misma etapa de mi vida, también tenía otro pasatiempo. En los primeros años del siglo XXI, el gran invento de la computadora llegaba a ser accesible para que las personas tuvieran dicha computadora en sus casas. Recuerdo la primera computadora que compraron mis padres y lo impresionado que quedé con el poder de esa pantalla. Mis padres la habían comprado para el uso familiar y estaba instalada en la sala.
Poco después de conseguir la computadora, empezamos a jugar distintos juegos en esta. Eran juegos sencillos pero divertidos. Estaba el juego del gusano, en el que uno tenía que guiarlo hacia la comida. Cada vez que comía un bocado, crecía. La meta era hacer el gusano más largo sin que chocara con la pared ni con su propia cola, ¡lo cual se volvía cada vez más difícil!
Estos juegos ocupaban muchas horas de esta etapa de mi vida. No eran juegos malos —mis padres no permitían esos— pero, como suele pasar con los juegos, tenían niveles y, con destreza, subíamos de nivel. El deseo de mejorar y alcanzar nuevos niveles nos mantenía entretenidos.
Las muchas horas que pasé construyendo la casita del árbol con mi hermano y amigo son algunos de los recuerdos más especiales de aquella etapa de mi vida. Recuerdo las muchas pláticas sobre el diseño, al ver en mi mente una casita entre las ramas. Recuerdo el dolor en mis dedos de un martillazo y el esfuerzo por levantar las tablas desde el suelo hasta las ramas más altas. Recuerdo cómo latía mi corazón cuando llamé por teléfono al dueño de un negocio cercano para pedirle permiso para recoger los restos de madera de su basurero. Hoy me siento satisfecho con aquellos recuerdos, pues aprendí mucho de esa experiencia.
En cambio, las muchas horas que pasé jugando en la computadora me traen muy pocos recuerdos a la mente. No sé si mi mente me los ha bloqueado de la memoria o si realmente no hay mucho que recordar. Me da lástima pensar en el tanto tiempo dedicado a esa pantalla, sin ningún resultado positivo. No es que fueran cosas malas, pero tampoco eran buenas. Sencillamente estaba entretenido. Si pensamos en esa palabra —entre tenido—, esto es lo que literalmente significa. Es decir, sostenido en la nada. Tal vez el recuerdo más fuerte es el sentimiento de vacío en lo profundo de mi ser tras jugar durante un tiempo.
Comparados con los juegos de hoy en día, los juegos de computadora de mi niñez eran muy sencillos y aburridos. En la actualidad, los juegos se han vuelto cada vez más complejos y llamativos, pero casi siempre con la misma meta: subir de nivel.
Me da mucha lástima ver a los jóvenes de mi barrio pasar hora tras hora jugando en sus teléfonos. Claramente los juegos de guerra y matanza me causan tristeza, pero incluso los juegos que supuestamente son “buenos” me dan pesar. Toda una generación está “entre tenida” por estos juegos. Sus capacidades de hacer lo bueno y aprender cosas nuevas están siendo neutralizadas al llenar la mente, los ojos y las manos con algo no productivo. Y lo que me da aún más lástima (o adicción) es ver a muchos adultos en el mismo plan.
Mejor, digamos con el apóstol Pablo: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; más cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño” (1 Corintios 13:11).
Tal vez tú te preguntes: “¿Por qué era mejor construir la casita en el árbol que jugar en la computadora?” Sin duda, la Biblia no condena los juegos en el teléfono. Tampoco es necesario que los niños claven tablas en los árboles. Sin embargo, en mi propia experiencia, había una gran diferencia entre ambos pasatiempos. En la construcción de la casita aprendí mucho sobre la construcción. Aprendí a pensar en el diseño. Logré práctica con el uso del martillo. Aprendí a trabajar en equipo y a ceder a las ideas de los demás. Al final del día, el juego de construcción me daba un sentimiento de satisfacción y logro. En cambio, el juego de computadora me dejaba un vacío.
Al reflexionar sobre estos recuerdos, me siento afectado de varias formas, y pienso en mis propios hijos. Mucho prefiero comprarle a mi hijo un martillo y una libra de clavos en vez de echarle una recarga al teléfono. Prefiero comprarle a mi hija una bicicleta o libros que le enseñen sobre la naturaleza en vez de una tableta. Quiero que ellos experimenten las maravillas del mundo que creó Dios. Quiero que desarrollen habilidades que les van a servir en la vida. Reflexionar sobre mi juventud también me hace pensar en mi propia vida. Hoy en día, los juegos en el teléfono no me llaman la atención en lo más mínimo. Sin embargo, todavía lucho contra la tentación de perder el tiempo entreteniéndome en cosas de poco valor. Si somos honrados, creo que muchos podemos ver esa tendencia en nuestra vida.
Me llegan a la mente las palabras de Efesios 5:11, 15-17.
Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas. (…) Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos. Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor.
En lugar de preguntar “¿Qué hay de malo en esto?”, debemos preguntar “¿Es esto lo mejor para mí?”
Se ha dicho que no hay preguntas necias; puede ser cierto, pero a veces hacemos preguntas que no son las mejores. Preguntar “¿Qué es lo mejor para mí?” es mejor que decir “¿Qué hay de malo en esto?” Como dijo el apóstol Pablo: “Todo me es lícito, pero no todo conviene”.