“No me interesa”
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—Kenneth Yoder
Un día, después de una reunión de ahorros en mi trabajo, pasé junto a unas chicas sentadas en una banca. Las saludé cordialmente.
—¿Te gustaría tener novia? —sonrió con picardía una de ellas, bajando la vista al celular—. Puedo ayudarte a buscar una.
El grupito de amigas se rio; cada una con su página de Instagram abierta en su celular.
—No me interesa —respondí, y seguí caminando.
Ya en casa, me puse a pensar: “¿Por qué no me interesaba? Debí haberle dado una mejor respuesta”. Así que, en mi mente, le respondí.
Antes que nada, ¿qué era exactamente lo que me ofrecía la chica? ¿Belleza? No lo creo. Ahora, si ese fuera el caso, le preguntaría: ¿Sabes qué es la belleza? ¿Se encuentra en el espejo? De ser así, ¿en cuál espejo? ¿Qué es la belleza para ti? ¿Qué crees que es la belleza para mí? ¿Es el maquillaje? ¿Es un cuerpo bien formado? ¿Es una sonrisa espectacular? ¿Acaso es una personalidad divertida? ¿Es la inteligencia? ¿Qué es lo que tiene verdadero valor?
Si lees 1 Pedro 3:4, entenderás la idea. Eso sí tiene valor, amiga mía. ¿Crees que el maquillaje y los filtros te hacen realmente atractiva? ¿Piensas que los “me gusta” aumentan tu valor? ¿No te parece que estás buscando en el lugar equivocado? Si quieres a un joven que solo busca pasar un buen rato contigo, seguramente te tratará como un cepillo dental. Cuando termine contigo, te tirará al basurero y se irá a buscar a otra. Es la clase de muchacho al que no le interesa tu alma; quiere tu cuerpo para satisfacer sus propios caprichos. Un minuto te adora y al siguiente te aborrece. No te ama ni en lo mínimo.
El amor no se declara solamente —se demuestra—. Y el “amor” que encuentras en las redes sociales es como el que dice con la boca llena: “Me encanta la pizza”. Masticas, tragas y se acabó.
Él dijo que me amaba, pero no lo publicó en las redes sociales. No me dio un abrazo ni me envió chocolates. Simplemente colgó de la cruz.
¿Sabes qué es el verdadero amor? Es alguien que lo demuestra con hechos; de lo contrario, es una atracción egocéntrica: el “amor” que sientes por una Pepsi fría. No amas a la Pepsi; amas tu sed. Y cuando esta se calma, todo termina.
El amor es algo completamente distinto. ¿Quieres saber quién te ama realmente? Es la persona que permanecerá a tu lado para siempre, que sostendrá tu corazón y tu mano, que te escogerá una y otra vez, que tendrá ojos solo para ti y nunca apartará la mirada, que te sostendrá cuando estés triste, te animará cuando estés decaída, trapeará el piso, limpiará el baño, cambiará al bebé y te preparará una comida.
Y otra vez esa palabra: belleza. Es una de las palabras más malentendidas de nuestro idioma. Se ha vuelto barata. ¿Quieres saber si eres bella? Escucha tus pensamientos y actitudes. Presta atención a tu propio pecado. Evalúa por un momento tu propia carne. ¿Ves tu miseria?
Cuando mi papá era un niño travieso, él y sus hermanos prepararon una búsqueda del tesoro para sus hermanas. Ellas corrieron hasta que ya no pudieron más y luego encontraron el tesoro. El único problema era que, cuando lo desenvolvían, se encogía cada vez más. Capa tras capa fueron quitando el papel de periódico, y la expectativa crecía con cada hoja que desenvolvían.
Cuando por fin llegaron al fondo, encontraron un puñado de estiércol. ¡Ese era el regalo! Ya te imaginarás lo enojadas que estaban. Esa es exactamente la imagen que intento expresar. Las redes sociales te dan una versión perfecta y pulida de las personas. Sin embargo, en el fondo del balde no hay nada. Me atrevo a decir que la mayoría de los hombres y mujeres son como vasos vacíos: no tienen nada que ofrecer. Todo es un gran engaño. Solo puedes estar segura de una cosa: quedarás decepcionada.
Entonces, ¿qué es la belleza? Te lo diré. Es un corazón que antes era negro como la medianoche, lavado hasta quedar más blanco que la nieve por la sangre del Cordero. ¡Eso sí que es hermoso! El pecador quebrantado, que vuelca su pecado al pie de la cruz y ahora se deleita en el Todopoderoso y medita en su Palabra día y noche. ¡Eso sí es belleza! Si siempre andas contemplando tu belleza externa, te estás mirando en el espejo equivocado. Puedes ser muy bonita en lo externo, pero si no permites que Cristo te haga bella por dentro, tu belleza es pura vanidad. La verdadera belleza es Cristo morando en ti. Y la única forma de alcanzarla es nacer de nuevo.
Solo nacerás de nuevo cuando veas la magnitud de tu propio pecado. Debes acercarte quebrantada, confesando tu pecado al pie de la cruz. Luego, Dios recoge los fragmentos y forma un corazón nuevo. Entonces, su brazo te atraerá hacia él. Si no has nacido de nuevo, no eres enteramente hermosa. “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Sin Cristo, todos somos inmundos. Es su gracia y misericordia lo que nos toca y vuelve a hacernos hermosos.
¿De verdad quieres ser hermosa? Arrepiéntete de tu pecado. Vuelve a la Palabra viva del Altísimo. Atiende a sus palabras. Permanece en la verdad, y esta te hará libre (Juan 8:32).
¿Quieres saber qué es valioso? La Biblia nos enseña: “Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová, ésa será alabada” (Proverbios 31:30). Puedes leer el capítulo entero para profundizar en el concepto.
Cualquier persona puede encantar e impresionar. Cualquiera puede atraer. Pero alguien con un corazón de oro es poco común y difícil de encontrar, y me he dado cuenta de que aún más difícil es llegar a ser esa persona. La belleza del corazón no la voy a encontrar en las redes sociales, al menos, yo no he podido encontrarla.
Así que deja el celular y teme al Creador. Déjame preguntártelo: ¿qué valoras? ¿Sabes cómo puedes darte cuenta? Presta atención a aquello a lo que prestas atención. Escúchate hablar. Fíjate en dónde inviertes tu tiempo. ¿Es en Instagram, Facebook, TikTok y cosas por el estilo? Si esa es tu vida, estás vacía. Tu vida no tiene sentido.
No puedes mirar la “vida perfecta” de otras jóvenes y al mismo tiempo sentirte feliz y satisfecha. Es pura apariencia. Si piensas que una joven que exhibe su cuerpo resulta atractiva para un hombre de integridad, estás equivocada. No deseamos una pareja que coquetee con cualquiera y reparta su hermosura como si fuera dulce. ¿Crees que un varón de Dios compartiría a su escogida con sus compañeros? Todo lo contrario. Se verá atraído por una joven consagrada, pura y santa, que guarde su cuerpo para su futuro esposo.
No hablo por la mayoría; por eso te parece extraño. Hablo por los pocos que todavía creemos en la santidad y queremos una joven afable y apacible (1 Pedro 3:4), y que todavía deseamos una familia unida y temerosa de Dios.
En conclusión, te invito a usar un poco de imaginación. Te casas con un joven apuesto, trabajador e inteligente y se van de luna de miel. Te lleva a un buen restaurante. Luego regresas a casa y les cuentas a tus amigas sobre tu viaje. Pero lo único que les cuentas son las deliciosas comidas que probaste. ¿Te parece normal o extraño? ¿Y qué dices de él? ¿Cuál es tu enfoque? ¿Cuál es el valor de la comida? ¿Es mejor comer arroz y frijoles con él que saborear un bistec a solas? Piénsalo.
Lo anterior explica por qué no me interesa tener esa clase de novia. Me interesa Dios. Y si él me lleva a un restaurante, ¿disfrutaré de la comida? Claro que sí. ¿Significará mucho para mí? Claro que sí. ¿Le agradeceré a la comida por lo que me dio? Claro que no. Le daré las gracias a quien pagó esa cena, me llevó allí y me hizo pasar un buen rato.
Entonces, ¿me interesa buscar novia? Sí: la que Dios diseñó para mí. ¿Me interesa ella por sí misma? No. Dime, cuando alguien te regala algo, ¿qué aprecias más: el regalo o a quien te lo regala? ¿Aprecias a ambos? Muy bien. Pero el significado del regalo proviene de quien lo da. Por eso digo que no me interesa una novia tanto como al Rey. Si él me da una novia, ¿estaré agradecido? Sí. Pero el enfoque no es la novia; es Dios, quien me la dio.
Muchas gracias por escucharme...
