Más que cubrir mi cabeza, cubro mi corazón.

—Patricia Castrovelo

Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová, ésa será alabada (Proverbios 31:30). 

Estimadas hermanas: 

Una mañana, apresurada para ir al trabajo, sentía que algo me decía en el interior que olvidaba algo. Revisé lo que llevaba: mi cartera, el bolsito del almuerzo, el celular, las llaves de la casa. No parecía faltar nada, al menos nada imprescindible.

Subí a mi carro; al ponerlo en reversa para salir, no quería moverse. Parecía tener una calza en las llantas, pero acabé de revisarlas para verificar que ninguna tuviese falta de aire ni hubiera obstáculos allí. Además, como vivo sola, no hay nadie que ponga algo ahí. Al fin, lo moví hacia adelante, luego hacia atrás y lo saqué. 

Entonces pensé: “Se le pegó el freno de mano”. Empecé a rodar el carro, pensando en llamar al mecánico. Luego, algo me llevó a quitar la mano izquierda del volante y ponerla en mi cabeza. Con asombro sentí que no llevaba el velo. Recordé que, pocos minutos antes, me parecía que se me olvidaba algo. Había avanzado unos pocos metros tras la entrada del lugar donde vivo y, como casi no circulan carros, empecé a retroceder y volví a entrar. Corriendo porque ya se me hacía tarde, me coloqué el velo.

Este suceso me dio una prueba más de que mi Señor me ama y está pendiente de mí. No tengo quién me lo recuerde en mi casa: ni los gatos ni los gansos ni los perros hablan. No iba a algún lugar donde hubiera una hermana amorosa que me prestara un velo o que, con prisa, ingenio y amor, me pusiera una servilleta sobre la cabeza mientras conseguía uno. 

En realidad, el velo no es algo que use por religiosidad, no es algo que tenga que lucir por vergüenza de que me vean sin este, ni por quedar bien con nadie.

Es que la Palabra de Dios en 1 Corintios 11 me confrontó a usarlo hace unos años. Luego de estudiar ese pasaje una y otra vez durante un tiempo, lo dejé y volví a retomarlo cerca de un año después. Escuché enseñanzas a favor y en contra del uso del velo, y cada una parecía coherente. Luego de leer los versículos innumerables veces en diferentes versiones de la Biblia y de pensar mucho, le pedí a Dios que me revelara su Palabra. Oré a mi Señor y dije: ¿Qué le dice Dios a Patricia? Entonces, dejé de lado lo que los demás piensan y me confronté con mi yo ante Dios. ¿Qué resultó? ¡Sabía que debía usarlo! 

Lo debía usar porque es Palabra de Dios escrita. Es lo que Dios quería de mí y no podía escoger qué parte de la Biblia creer, qué parte aplicar a mi vida y qué parte saltar a conveniencia. Si hubiera hecho eso, habría terminado creyendo lo que a mí me plazca e inventando un dios a mi gusto y conveniencia. No podía decir: “El velo no, pero la porción que sigue sobre la cena del Señor sí”. No podía aceptar las bendiciones que Dios tiene para mí y que están escritas en la Biblia sin ser obediente. Tampoco me servía usarlo si en mi corazón no acepto ni obedezco el papel de la mujer en la familia, la iglesia y la sociedad.

En ese entonces, pensé usarlo para ir al culto, pero luego de leer por enésima vez los versículos, se me abrió el entendimiento, pues dice que la mujer se cubra cuando ora o profetiza (profetizar es proclamar el mensaje de Dios, llevar el mensaje de salvación a otros). Y me dije: “pobre de mí, deberé usarlo siempre y eso no me gusta!” La verdad es que no lo uso porque me guste. 

Pensándolo bien, recordé el pasaje de 2 Corintios 5:7: debemos andar por fe, no por vista. ¡La fe también implica obediencia! Sin duda, oramos en cualquier momento del día. En la hora menos pensada le hablamos a otro de la Palabra de Dios, en la calle, en el trabajo, en la oficina, en la finca o frente a un cliente, aunque este no se dé cuenta. Oro en el restaurante para dar gracias por los alimentos. No solo en la casa ni solo cuando nos reunimos como iglesia. Y no quiero buscar el velo en cada ocasión. Debemos estar listas para la acción.

No podemos renunciar al anhelo de vivir en comunión constante con el Señor, orando en todo tiempo y lugar, como dice 1 Tesalonicenses 5:17: ¡Orad sin cesar!

No se trata solo de usar el velo; es llevar también lo que eso significa en el corazón, reflejarlo en toda nuestra manera de vivir. Que, a pesar de no ser mujeres perfectas, seamos mujeres conforme al corazón de Dios, deseosas de hacer su voluntad, de servir a otros en diversas formas según los dones que nuestro Señor nos ha dado —porque todas tenemos dones, los cuales no debemos tomar en poco—. Debemos ser mujeres que reconocemos nuestros errores y mostramos arrepentimiento.

Por esto, el velo más que cualquier otra cosa es señal externa de la sumisión interna. Por último, el uso del velo forma parte del anhelo de adornar la doctrina de Dios, como lo dice Tito 2:10: porque más allá de todo, representa obediencia, fidelidad en todo y reverencia ante Dios. 

También me asombra lo que dice 1 Corintios 11:10: que la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza. Tenemos entonces, con el uso del velo, una señal visible de que vivimos bajo la autoridad de Dios y que tenemos autoridad en Cristo. Tenemos el derecho, la potestad y la habilidad de seguirle, ser sus testigos y llevar la luz de Cristo a todo aquel que nos rodea. Todo cristiano tiene esa potestad que viene de Dios, pero nosotras las mujeres debemos llevar una señal de eso sobre nuestra cabeza.

¡Ay de nosotras! ¡Qué gran responsabilidad y privilegio nos ha sido concedido! No lo tomemos en poco.

Le pido a mi Señor su ayuda para que toda mi manera de vivir refleje esa cobertura suya, representada por un velo que no quiero dejar de lado en ninguna etapa de mi vida.

Le pido a mi Señor que cada una de ustedes viva fiel a nuestro Dios y su Palabra. Bendito mi Dios y Señor por su gracia y misericordia.

 

Con mucho cariño, para mis hermanas del Instituto Bíblico, Costa Rica, del 2026.