¿Hay pecados que puedo confesar solo a Dios?

¿Puedo mantener algunos pecados solo entre Dios y yo? ¿Cuándo hay que confesar a los pastores o a la iglesia? ¿Hay momentos en que puedo confiar solo en mi consejero o en mi amigo?

Respuesta

Cuando el cristiano es sorprendido en el pecado, su conciencia lo reprende y se percata de que hay trabajo por hacer. Según la Biblia, siempre ha habido una solución para el pecado y una parte de esta solución es confesarlo. 

A simple vista, podría parecer difícil enfrentar el pecado propio y es tan fácil pasarlo por alto. Sin embargo, la Biblia nos traza un camino diferente: el camino de la luz. 

En la primera carta de Juan 1:7 dice así: “si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”. Contrario a lo comúnmente practicado, andar en luz es más que acercarse a un sacerdote para repetir los detalles de su falla antes de tomar la misa. Andar en luz es una manera de vivir en la que no intento proyectar a los que me rodean una imagen que no sea real. 

En el versículo nueve del mismo capítulo sigue diciendo: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. Con esto podemos deducir que el perdón de parte de Dios depende de una acción de nuestra parte: “confesar nuestros pecados”. 

Ahora, ¿cómo se ve esto en la vida práctica? ¿Debemos hablar de nuestras desgracias cada día con todo el que nos escuche? Lo dudo. Con el ejemplo de Zaqueo en Lucas 19, vemos a una persona desesperada por su propia condición, quien no dudó en contarle a Jesús, en presencia de todos, lo malo que era. Esto demuestra un corazón que quiere cambiar. Un corazón que quiere andar en la luz. 

En el caso de pecados de muerte, se considera necesario confesarlos ante la iglesia entera. Este tipo de pecado afecta a todos, y hay que tratarlo conforme a esta realidad: “Si alguno me ha causado tristeza, no me la ha causado a mí solo, sino en cierto modo (por no exagerar) a todos vosotros. Le basta a tal persona esta reprensión hecha por muchos” (2 Corintios 2:5-6). Los escándalos en la iglesia se resuelven con la sabiduría y la ayuda de la propia iglesia. 

En los casos de pecados recurrentes, es menester que esa persona encuentre un mentor que camine junto a él y le ayude a vencer el mal. Estas personas son responsables de brindarle discipulado bíblico al que lucha, y aunque haya personas indicadas que enfrentan prácticamente el problema en la vida diaria del que lucha, siempre son responsables ante la iglesia como grupo. 

En el caso de un joven que está luchando con el mundo, cada uno debe contar con un hermano mayor en quien confiar sus propias luchas. En el caso del anciano que aún enfrenta su carnalidad, aún es necesario que comparta con otros lo que ha vivido. Como siempre, los hermanos sirven de apoyo en casos de debilidades recurrentes. 

Al pensar en la iglesia como una gran familia amorosa y preocupada, podemos ver un destello del plan de Dios. Cada miembro es responsable del otro, y las confesiones de debilidad entre los miembros de la familia nos ayudan a unir los corazones. Al vivir todos en la luz, nos damos cuenta de que no estamos solos y que los demás también enfrentan luchas. 

 Lo bello de este plan es que no tenemos que pasar nuestra vida intentando esconder quiénes somos. Al sacar de nuestro corazón lo que tenemos dentro, mediante la confesión voluntaria, somos fortalecidos. De esta manera nos ayudamos mutuamente según el ejemplo de Jesús. Pablo lo explica así en su carta a los gálatas: 

Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo (Gálatas 6:1-2). 

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