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¿Puede el cristiano ser líder político, como alcalde, por ejemplo?
La pregunta sobre el papel del cristiano en la comunidad es muy pertinente para nuestra vida diaria. Aunque el Nuevo Testamento no aborda directamente el tema, podemos deducir ciertos aspectos de las Escrituras.
Primeramente, debemos enfrentarnos a la realidad de que la manera de operar del mundo es muy diferente de la de la iglesia. El cristiano se ha destacado a lo largo de los siglos por su creencia en dos reinos distintos que no se entrelazan: el reino de Dios (que incluye la iglesia) y el reino del mundo (que incluye los gobiernos).
A partir de esta realidad, podemos notar que los métodos y las metas de cada reino son muy diferentes. El reino de Dios está compuesto por personas que voluntariamente se unen a este y tienen un corazón verdaderamente transformado. Por el contrario, el reino del mundo lo conforman las personas no regeneradas que tendrán que recurrir a la fuerza (la espada) para hacer justicia y efectuar el cambio. En esto radica la diferencia principal entre los dos reinos. El que forma parte del reino de Dios, si fuere funcionario público, no querrá emplear los métodos del reino del mundo, porque pertenece al reino de Dios.
Por ejemplo, el sistema del mundo se basa en las cortes de justicia y emplea el antiguo paradigma “ojo por ojo y diente por diente”. Ningún alcalde ni general del ejército podrá asumir su cargo como tal sin participar en este paradigma. Todo está previsto para controlar al hombre por la fuerza (mediante el sistema penitenciario cuando fuere necesario). Al fin de cuentas, sus guerras y castigos no podrán traer un cambio verdadero al mundo.
En cambio, el reino de Dios está asentado en las enseñanzas de Jesús. Desde su comienzo, la iglesia está formada por personas que voluntariamente siguen a Jesús y usan sus métodos para traer cambio al mundo. No necesitan recurrir a la espada porque conocen una manera más perfecta de cambiar el mundo: el amor sacrificado del creyente que voluntariamente entrega su vida por una causa justa. La persona transformada ya no necesita el sistema judicial del mundo para juzgar su vida. Más bien, Pablo nos exhorta en contra de esto en 1 Corintios 6:5-6: “Para avergonzaros lo digo. ¿Pues qué, no hay entre vosotros sabio, ni aun uno, que pueda juzgar entre sus hermanos, sino que el hermano con el hermano pleitea en juicio, y esto ante los incrédulos?” Claramente, el reino de Dios se rige por una cosmovisión completamente diferente a la del mundo. Creemos que este reino trae un cambio mayor que el que efectúa la espada.
Ahora, imagínate qué sucedería si los gobiernos del mundo tomaran literalmente las palabras de Jesús como nosotros los cristianos. “No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra” (Mateo 5:39). Ningún funcionario público podrá permanecer largo período en su puesto sin recurrir a la fuerza política. Los gobiernos se desmoronarían si hicieran lo que nos enseñó Jesús.
Además de las instrucciones claras de Jesús en contra del uso de la espada para traer justicia al mundo, también está el testimonio de los primeros cristianos, que nos aclara que ellos también creían en la separación total entre la iglesia y el estado.
En nosotros, todo ardor en la búsqueda de la gloria y el honor ha muerto. Por eso no tenemos ningún incentivo apremiante para participar en sus reuniones públicas. Tampoco hay nada más completamente ajeno a nosotros que los asuntos del Estado.
—Tertuliano (c. 197 d. C., W), 3.45.
Con todo, reconocemos que los gobiernos del mundo son puestos por Dios. Pagamos los impuestos y rendimos honor al gobierno. Nos sujetamos a ellos, aunque sabemos que no cumplen la voluntad perfecta en Cristo.
A continuación, presentamos un versículo que demuestra lo que debe ser nuestra actitud hacia los gobiernos de este mundo: “Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1 Timoteo 2:1-2).
Aunque como cristianos no ocupamos puestos políticos ni votamos, sí reconocemos que Dios tiene el control total de los reinos de este mundo. Descansamos en la verdad de que nuestra oración hará más que mil votantes que tratan de traer justicia y mil funcionarios que transigen para lograr la supuesta paz.