¿Enseña la Biblia una “segunda obra de gracia”?

Respuesta

En el siglo XIX surgió el Movimiento de Santidad, el cual enseñaba la doctrina de la segunda obra de gracia. Esta doctrina dudable enseña que el hombre puede tener una experiencia personal, después de ser cristiano incluso durante años, que lo cambia y le borra el pecado original (naturaleza pecaminosa por parte de Adán). 

A cambio, la Biblia nos muestra un camino de santificación que comienza desde que aceptamos a Cristo como salvador de nuestra alma y que no se acaba hasta la muerte. Incluso Pablo, con sus fortalezas y experiencias tan sublimes, libremente confesaba sus propias debilidades: “Por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Corintios 12:10). 

Lejos de enseñar la seguridad eterna, Pablo, después de predicar el evangelio durante años, aun nos advierte de la posibilidad de perder la salvación: “Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Corintios 9:27). 

En Romanos 6:22, Pablo menciona el proceso de santificación: “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna”. En vez de una experiencia que me cambia de golpe, como automáticamente, aquí se nos presenta el fruto de santificación. 

Los cristianos no somos robots, que sencillamente hay que hallarles el interruptor correcto para “encenderlos”. Más bien, la santificación es un proceso largo y hasta doloroso, que lo podemos comparar mejor con el cambio interno en el capullo, donde se efectúa la transformación de gusano a mariposa. Este proceso de cambio, por poco que lo deseemos, es necesario a lo largo de toda nuestra vida terrenal, para llegar a ser lo que Dios quiere. En este aspecto, podríamos hablar más bien de “muchas obras de gracia”, cada vez que Dios profundiza la obra en esta criatura carnal. 

Lo que sí tenemos seguro es que, si miramos “a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18). Si tenemos la condición correcta de corazón, el Espíritu Santo puede cambiarnos de gusano a mariposa. Nuestro final será glorioso, si no huimos del mismo fuego de prueba que nos transforma. 

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